VA + CA: meditación, vacuidad y claridad
- dingirfecho
- hace 3 días
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VA + CA: meditación, vacuidad y claridad
Una charla introductoria al budismo, dada en Esquel.
¿Qué tiene que ver lo que vamos a hacer esta noche con la enseñanza del Buda Shakyamuni? Buda fue una persona que vivió en lo que hoy es la India y Nepal hace 2.500 años. Hay muchísimas confusiones y concepciones sobre qué es el budismo, pero probablemente la forma más simple de explicarlo es decir que son las enseñanzas de una persona que encontró una manera de existir más allá del sufrimiento.
Y esas enseñanzas, a diferencia de muchas tradiciones occidentales —griegas, romanas— que sufrieron interrupciones, se vienen desarrollando ininterrumpidamente desde hace 2.500 años. Imaginen: nosotros, los humanos, no podemos estar diez minutos sin hacer algo nuevo. Por eso hay miles de escuelas. Nosotros somos una. Ni la mejor, ni —espero— la peor. Confío en que no sea la peor.
Esencialmente, nos dedicamos a esto. Y nuestro objetivo, como el de la mayor parte de las escuelas budistas, es transmitir esta experiencia, esta enseñanza del Buda, para que todos los que estamos acá podamos —si no librarnos totalmente del sufrimiento— al menos avanzar en el camino y saber que existe esa posibilidad. Después cada uno decide qué quiere hacer.
Cuando uno empieza a escuchar las enseñanzas, muchas veces no le gustan, le resultan extrañas. Es verdad: son extrañas. Y está bien que lo parezcan, porque lo que nos dice el budismo es que todas las cosas que venimos haciendo en nuestra vida nos han traído hasta este lugar. Para cambiar algo, necesitamos hacer cosas extrañas. Pero no van a ser las cosas extrañas que probablemente se imaginan. No va a hacer falta que se pongan una túnica, ni que se afeiten la cabeza —como verán, esto es poco pelo, no es que esté afeitado, es el poco pelo que me queda. Los cambios tienen que ver con cuestiones más fundamentales: que no hay un yo, que no hay un Dios creador (aunque sí hay miles de deidades), que no hay un sentido intrínseco a la vida. Cosas a las que nos aferramos. Y el budismo nos va a enseñar, básicamente, que ese aferramiento es lo que nos hace sufrir.
Les pido un solo favor: yo voy rápido y hablo cerrado, hablo muy porteño. Estoy intentando superarlo, sé que es una falla. Frénenme cuando quieran, interrúmpanme, pregunten lo que sea. Si se enojan, díganmelo. Por favor, no se vayan enojados. Prefiero que me lo digan, porque a mí me pone contento que la gente se enoje, aunque no lo crean: significa que escuchó. Lo peor que me puede pasar —y me ha pasado— es tener gente a la que le vengo enseñando hace años y que está siempre en la misma. Si no avanzó en nada, siento que lo que hablé no tuvo sentido. Si se enojan, por lo menos me escucharon y me entendieron. Y eso ya está bueno.
El refugio
Para empezar, una cuestión tradicional es cantar el refugio. Es como el principio de una sesión budista. Si quieren, me siguen; si no, también está bien. Esto no es una conversión al budismo —del budismo no hay conversión en ese sentido—, es simplemente una forma de establecer un espacio para la enseñanza.
Se hace tres veces:
Namo Buddhāya, Namo Dharmāya, Namo Saṅghāya.
Salve al Buda, al Dharma —su enseñanza— y a la Sangha, los que estamos en el camino. Una forma de mostrar respeto. Y después, una vez:
Oṃ Bodhicittam Utpādayāmi.
Que la bodhichitta —el espíritu del despertar, la clave del camino— surja en mí y en todos nosotros.
¿A quién le gustan las vacas?
Gracias a todos por venir esta noche. Disculpen cualquier problema de transmisión: es mío. Mis maestros han sido budas, pero mi transmisión no está a la altura. Voy a hacer mi mejor esfuerzo.
¿A quién le gustan las vacas? A mí me gustan. Voy al campo, veo vacas y me pongo contento. Son simpáticas, no me atacan —lo cual es un punto a favor de cualquier animal. ¿A alguien no le gustan? ¿Alguien tiene fobia? Porque hoy voy a hablar mucho de vacas. ¿Por qué? Porque vamos a hablar un poco de meditación y de vacuidad.
Quiero que hoy hablemos de las vacas para acordarnos de los dos componentes que el budismo le atribuye a la naturaleza de la mente. ¿Alguien que vino otras veces se acuerda? Hay dos. Vacuidad y claridad. Va + Ca. Vaca.
Intentemos siempre acordarnos: para el budismo, vacuidad y claridad son la naturaleza última. Significa que todo lo que percibimos, todo lo que vemos, es vacuidad y claridad. Es difícil al principio porque uno tiene expectativas. Si yo te digo “te voy a contar el último secreto del budismo”, esperás un hechizo, la fórmula para ganar la lotería, la inmortalidad. Y te digo: vacuidad y claridad. Vaca. Es lo más difícil de explicar y lo último que uno espera.
Cuando los budistas hablamos de vacuidad y claridad nos referimos a algo muy puntual.
Vacuidad quiere decir que lo que llamamos cosas, personas, objetos, situaciones, no son más que momentos en procesos en cambio. Esto lo pueden ver en ustedes mismos. Nacieron y tienen el mismo nombre, pero de lo que eran cuando eran chicos no queda nada: ni una célula. La forma del cuerpo cambió —la mía generalmente creció hacia los costados. Yo, aunque no lo crean, antes tenía el pelo negro. Ya no me queda. Uno va cambiando, y sin embargo asume cierta continuidad, asume que esa continuidad está basada en algo. Pero cuando uno investiga, no hay un algo, no hay un alma, no hay un espíritu pequeño. Hay una continuidad, como en un rollo de película: los fotogramas pasan tan rápido que dan la impresión de que hay algo. Pero es una ilusión.
Esto no nos pasa solo a nosotros, le pasa a todo. Atrás de ustedes hay un cuadro. En algún momento eso fueron pigmentos vegetales. En algún momento se va a volver viejo, se va a tirar, se va a quemar, va a ser ceniza, va a ser parte del suelo. En ninguna parte de ese cuadro hay algo que se llame “cuadro”: es la forma en que llamamos a un conjunto de materia por la función que cumple.
Hay un texto famoso, el Milindapañha, donde el sabio Nāgasena dialoga con el rey griego Menandro. Le dice: explicame qué parte del carro es el carro. Si le saco una rueda, ¿es un carro? Sí, es un carro al que le falta una rueda. ¿Qué parte le saco para que deje de ser carro? Y la verdad es que no hay un “algo” carro. Hay un conjunto de partes que ponemos juntas y que llamamos carro.
Eso es lo que el budismo llama vacuidad. Algo es vacuo no porque no exista, sino porque no existe de forma esencial o unívoca. Esto no es una taza porque exista en algún lugar una idea perfecta y platónica de taza. Esto es una taza porque nosotros lo llamamos taza. En diez mil años, posiblemente, no existirá la taza, o lo llamaremos de otro modo. Que no haya un algo unívoco, sino cosas que surgen y dependen, eso es vacuidad.
Claridad, en cambio, es la historia que contamos sobre los fenómenos. Cuando empiezo a pensar —veo a Luis, me acuerdo de cuando manejábamos por la ruta mirando cóndores, o de las veces que fuimos al museo de ciencias naturales—, todo eso es claridad. Es un término un poco raro. Tiene que ver con que hay cosas que puedo distinguir. Como si estuviera en una caverna oscura y tuviera una luz: veo reflejos. A esos reflejos, a la historia que cuento sobre las cosas, lo llamo claridad.
El experimento del punto y el loto
Vacuidad y claridad son términos muy abstractos. Si uno viene a una charla de meditación y le hablan así, se quiere matar: estoy hablando de identidad y cosas platónicas. Así que les propongo dedicar 40 minutos a ver si podemos entender hoy, experiencialmente, qué es vacuidad y qué es claridad. De acá en más voy a hablar muy poco. Cuando tengan dudas, me dicen.
Lo primero: siéntense de la forma más cómoda que encuentren. No hay una “posición de meditación” —eso también es una verdad. Hay distintas posiciones para que se sientan cómodos. Apóyense atrás, pónganse en loto, en medio loto, lo que no les duela. Estiren las piernas, recójanlas, da igual. Lo importante es que van a estar un rato mirando el suelo.
Elijan un punto. Va a ser su punto durante toda la sesión. Cuando yo diga “miramos el punto”, miran el punto. Puede ser una pared, el techo, el suelo. Les aconsejo algo que tengan en el campo visual mirando hacia adelante. Importante: que no sea otra persona, porque la otra persona se va a mover y va a poner caras, y nos vamos a distraer. Puede ser mirar al infinito, pero elijan un punto.
Ahora, mírenlo unos segundos. Lo que les va a pasar, si son como yo, es que a los 0,5 segundos van a empezar a pensar cosas. “¿Qué estoy haciendo acá?”. “Lo estoy aburriendo”. “Me duelen las piernas”. No importa. Cuando se encuentren pensando en algo, vuelvan a mirar el punto.
[Pausa para mirar el punto.]
Ahora, sin dejar de mirar el punto, imaginen un loto azul. Si no saben cómo es, imaginen una flor azul. Imaginen los pétalos. Imaginen el olor a perfume. Imagínenla abriéndose y girando en todas las direcciones.
[Pausa.]
Ahora, con la flor claramente visualizada, déjenme preguntarles: ¿dónde está el punto? Dejen que la flor se vaya y vuelvan al punto.
¿Registraron el cambio? ¿Sintieron la diferencia entre cómo se siente la flor y cómo se siente el punto? ¿Qué le pasó al punto cuando estaban imaginando la flor? Desapareció, se desenfocó, ¿no?
Acordémonos de la vaca. La VA —vacuidad— es como el espacio.
(Después un día, si quieren, les cuento cómo surgió esta enseñanza. Tiene que ver con el sabio Nāgārjuna, con una frase: el espacio no tiene capacidad de escucharte. ¿Vieron cuando alguien dice “le mando al universo tal cosa”, “le voy a manifestar al universo”? El universo no percibe. El espacio no tiene nada. En egugés, espacio es espacio; llamémoslo, por lo menos para esta charla, vacuidad. No es exactamente vacuidad, pero está al lado.)
La flor, en cambio, es claridad. Es el modo en que tomo una historia —en este caso la que yo les propuse— y empieza a ocupar mi atención.
Mi tesis para esta noche: nosotros no somos ni VA, ni CA. Nosotros somos VACA. La unión, en términos budistas no duales, de las dos. Este sueño consciente, este sueño lúcido que queremos conseguir —que es la iluminación—, tiene que ver con saber que estamos en un sueño y que, al mismo tiempo, ese sueño es vacuo, se puede modificar.
Vamos a tener cinco experiencias más. En esta primera, lo que quiero que sientan es la sensación —porque es una sensación física— de la diferencia entre el modo VA (observar) y el modo CA (producir, contar una historia).
Esto es importante porque muchas veces nuestras confusiones pasan por asignarle cosas de la CA al modo VA, o al revés. Vamos a un lugar y decimos “qué mala energía”. Eso está bien si entendemos que es una reacción nuestra a las causas y al lugar. No está bien si pensamos que es una cuestión intrínseca del lugar o de la persona —“esta persona me dio mala energía”. Quizás la persona tuvo un mal día. Quizás es realmente un desastre. La diferencia entre “esta persona es un desastre” y “me cayó mal y por eso pienso que es un desastre” depende de si dejo que mi CA incida sobre la VA, o viceversa. Y otras veces hacemos al revés: dejamos que la VA, el espacio, sea lo único que importa —la acción, la cuestión externa— y no le prestamos atención a la CA, a la cuestión intuitiva.
La idea, entonces, es entender que son dos modos y que necesitamos los dos.
¿Vacuidad es vacío?
Pregunta: —¿Qué sería vacío?
Buena pregunta. El punto que vos te imaginás es un vacío en tu mente, vos te estás imaginando ese punto. ¿Cómo podés imaginar un punto vacío? Si yo te digo “no pienses en nada”, ¿podés no pensar en nada? Por eso no estás imaginando algo vacío: estás pensando en un punto.
Una cuestión compleja de la mente es que no podés representar un negativo. Pensemos un ejemplo —no digo que sea así, tomémoslo solo como un ejemplo. Pensemos que somos totalmente materiales, hagamos el discurso más materialista del mundo: nos morimos y no hay nada. ¿Podemos pensar en una muerte así? No. Podemos imaginarnos una oscuridad, pero no podemos pensar en no pensar. “Pensar en no pensar” también es una representación de algo. Solamente podemos acceder a determinadas cuestiones imaginándolas. No podemos imaginar la no existencia de un objeto.
Por eso, si vos decís “hay un punto donde no hay nada”, no podrías percibirlo. Podría ser que existiera un punto donde no hubiera nada, pero no lo podrías pensar. A lo sumo, podrías inferir su existencia por la falta. Vemos humo y pensamos: alguien está quemando los bosques. Inferimos. Pero no podemos siquiera saber que hay un punto vacuo. Si hubiera un punto vacío del que no se puede pensar, ni siquiera podría decirlo.
El gran problema es que vacuo y vacuidad son traducciones de la palabra sánscrita śūnyatā. Y śūnyatā significa no esencia, por así decirlo. Cuando hablamos de vacuidad no significa que haya un punto que esté vacío. Esta mesa, aunque no parezca, es vacua: porque no tiene una esencia de mesa, es un pedazo de madera que fue armado así. Yo soy vacuo. Y vacuo no significa vacío.
Por eso muchas veces, cuando uno empieza a meditar —yo cuando empecé me había comido el verso, que se lo come mucha gente—, uno cree que meditar es pensar en nada. Poner la mente en blanco. Eso se consigue con un cuarto de whisky. Yo con un cuarto de whisky pongo la mente en blanco lo más posible. Meditar no es eso.
Meditar, por lo menos en el contexto de esta charla, y la iluminación —ser un Buda—, te voy a decir más: es tener un sueño lúcido contigo mismo. ¿Saben qué es un sueño lúcido? Un sueño en el que uno es consciente de que está soñando. Nosotros hacemos un yoga de los sueños para desarrollar esa capacidad. ¿Alguien tuvo alguna vez un sueño lúcido?
¿Un sueño en el que sabía que estaba soñando?
—Yo.
¿Y cómo es? Los sueños son reales en el momento en que los vivís: los vivís como reales. Pero cuando lo vivís sabiendo que es un sueño, el sueño cambia. Uno puede cambiarlo a voluntad. Si estás consciente, tenés la posibilidad de cambiarlo. ¿Cómo se sentía? ¿Era como el resto de los sueños o se sentía distinto? ¿Las cosas se sienten igual de intensas o mucho más fuertes?
Es lindo. Esa es la claridad. Imaginemos que el objetivo final es que toda nuestra existencia sea así. Tomémoslo como hipótesis. No estoy diciendo que sea así, vamos a ir testeándolo.
El placer y el miedo
Ahora vamos a hacer otra cosa. Vamos a volver a mirar el punto. Después les voy a pedir que imaginen un lienzo y dibujen sobre él algo que les dé placer.
No lo tienen que contar a nadie. Y no tiene que ser algo espiritual o lindo. Si a ustedes les da placer algo horrible —no sé, hay gente a la que le gusta echar empleados, lamentablemente me he enterado de eso, parece que son influencers horribles, yo en mi empresa cuando vi que echaban gente quería matar a quien lo hacía, pero hay gente a la que le encanta— no los estoy juzgando. Lo doy como ejemplo. Elijan lo que quieran, aunque parezca vergonzoso. No tienen que contárselo a nadie. Pero visualícenlo.
Imagínenlo. Píntenlo al máximo de detalles.
Si es algo que realmente les gusta, van a empezar a sentir un poquito de relajamiento, una sonrisa. Intensifíquenlo. Háganlo cada vez más grande, hasta meterse adentro de la situación.
Empezamos como siempre, mirando el punto. Un poquito de VA. Y ahora empezamos a pintar la situación. La hacemos más y más grande. Nos concentramos en cómo se siente, cómo se escucha, cómo se huele, cómo se siente al tacto.
Y ahora volvemos al punto. Disolvemos todo en el punto y volvemos.
¿Sintieron un poquito de felicidad? ¿La sombra de eso, el recuerdo? ¿De dónde vino? ¿Dónde está? Porque en el espacio claramente no estaba. Fíjense que uno puede generar placer con una historia.
Ahora, lo opuesto. Quiero que elijan algo que les dé miedo. Algo horrible. Puede ser algo que les haya pasado, puede ser un objeto, una persona, una traición. Quédense tranquilos: esto es lo único desagradable que vamos a hacer. Quiero que sientan esa sensación, y después la disolvemos en el punto.
Un poquito de VA. Punto. Y ahora imaginamos eso horrible. Lo hacemos grande. Nos metemos en la situación. Sentimos ese abismo que se abre en el pecho, en el suelo.
Volvemos al punto. Disolvemos todo. Volvemos acá.
¿Sintieron la diferencia? ¿Sintieron el cambio de energía? ¿Y qué cambia en el espacio? Absolutamente nada. El espacio está ahí. Totalmente neutral. Lo que cambia es la historia que nosotros nos contamos.
Cuando no percibimos el cambio entre estos dos modos, entre VA y CA, es cuando empezamos a tener problemas en la vida. Yo no estoy diciendo que VA sea la forma de estar, ni que haya que estar siempre “en el momento presente sin pensamiento”. No. Uno se mueve. Y, en realidad, no son dos cosas: no hay un externo y un interno. La percepción que tenemos acá afuera también es nuestra mente. Pero el modo enfocado para acá y el modo enfocado para allá son diferentes.
Sueños que se cruzan: el samsara y el karma
Imaginemos que tenemos un sueño hermoso, no importa cuál. Nos levantamos contentos, descansados. Salimos y nos cruzamos con alguien del trabajo con quien nos llevamos más o menos. Como estamos contentos, le preguntamos cómo está, charlamos, encontramos lo mejor de esa persona en ese momento. Esa impresión nuestra, repetida varios días, va a reforzarse. Y vamos a terminar generando un trato basado en esa impresión.
Imaginemos lo opuesto. Tenemos un sueño angustiante. Nos levantamos tensos, cansados. Nos cruzamos con la misma persona, pero ella nos ve en un mal momento. Le contestamos corto. La percepción es: “esta persona tiene mala energía, es horrible”. Nos empieza a tratar cada vez peor. Quedamos atrapados en la misma situación, repetida.
Las historias que nos contamos —y las que otros cuentan sobre nosotros— son importantísimas. Son lo que nos ata o lo que nos libera. Es lo que el budismo llama samsara: el mundo del día a día, el mundo en el que soñamos.
Una gran intuición del budismo es que el mundo es un sueño. Eso parece horrible si uno dice “yo quiero que esto sea todo real”. Pero tiene una gran ventaja: un sueño se puede cambiar. Y los sueños no son necesariamente nuestros. No vivimos en una burbuja donde lo único que importa es lo que nos pasa. Hay un montón de otros sueños, de gente de otras partes del mundo, que también nos afectan.
Por ejemplo, hoy hablábamos del cerro que está al lado del aeropuerto, La Macela. Hay gente que sueña con la montaña como un lugar para ir a caminar, para experimentar. Y hay gente que sueña con el oro que hay dentro de la montaña. Son dos sueños en conflicto. De esos dos sueños va a surgir una experiencia. Lo interesante para el budismo es que no se trata de que un sueño sea mejor y otro peor: cada sueño produce un resultado.
Eso es el karma. El karma no es una deidad que te dice “te tocó hoy”. No es una tía loca que mira desde un lugar y te marca. No, no, no. (Para cierta parte del hinduismo sí; para el budismo, no.) El karma es el tipo de acción que hacemos y cómo después la planteamos.
Si nos acostumbramos, por ejemplo, a aprender que matar gente está bien al servicio de nuestro país, o de nuestro rey, o de lo que sea, va a ser más probable que en una discusión muy enojados terminemos matando a alguien. Porque ya hicimos el ejercicio.
Uno de los grandes problemas de los ejércitos en todo el mundo —no solo en Argentina— es entrenar gente que mate selectivamente. Desde tiempos antiguos. Julio César hablaba mucho de esto en las Guerras Gálicas: las personas más violentas no podían ser buenos centuriones, no podían ser buenos soldados, porque la cuestión no era matar, era matar discriminadamente. Y eso es mucho más difícil. Eso es karma.
Y pensemos en algo bueno. Si nos acostumbramos a generar espacios de amor, de contención, de amabilidad, va a ser más fácil que la gente alrededor nuestra lo sienta y responda de esa forma. En esa interacción, en esos sueños que se unifican, surge el mundo.
Tenemos ventajas y desventajas. La ventaja es que el mundo, para el budismo, es menos sólido de lo que estamos acostumbrados a pensar. Como esto no es necesariamente así, puede ser de otra forma. Yo, hoy, prefiero tener cierta agencia y cierto poder —aunque sea conmigo mismo, un poder mínimo—, prefiero decidir lo que me gusta y entender que el mundo se puede pensar distinto, antes que pensar que el mundo es así y no hay nada que hacer. Por otro lado, recuerden: no es su voluntad sola la que decide el mundo. Ustedes no son más que la intersección de un montón de sueños.
El camino posible y el camino que no podemos pensar
Vamos a hacer dos meditaciones más. La tercera: visualicen el punto. Después imaginen algo que les gustaría mucho que sea posible. Imagínense ustedes acá, ahora, e imaginen esa situación deseable. Yendo desde esa situación deseable, hagan el camino de regreso hasta donde están sentados ahora. Al revés: paso a paso, desde el objetivo hacia ustedes.
Es un ejercicio simple pero interesante. Y quiero que se lleven la sensación de que es un camino que se puede hacer. Lo importante es eso: que se puede hacer. Ya van a ver en la próxima por qué.
Un poquito de VA. Visualizamos el punto. Visualizamos el objetivo posible. Cómo se siente. Vamos para atrás, paso a paso, hasta donde estamos ahora. Y ahora caminamos cada uno de esos pasos hacia adelante, hasta llegar al objetivo. Sentimos que lo logramos.
Volvemos al punto. Disolvemos todo. Volvemos.
¿Pudieron? ¿Se sintieron haciendo las cosas para llegar al objetivo? ¿Les gustó?
Ahora vamos a hacer algo ligeramente distinto. Imagínense que estamos todos en Bodhgaya —el lugar adonde vamos a ir el año que viene; después les cuento. No se imaginen que vamos a hacer un tour: la parte no turística de Bodhgaya es peor que cualquier villa de acá. Imagínense vestidos con harapos, muertos de calor —en Bodhgaya hace mucho calor, especialmente en esta época—, realmente cansados, con polvo hasta en la garganta, doscientos mendigos pidiéndoles. Peor: somos nosotros los mendigos.
Imagínense ahora, desde donde están ahora, todos los pasos intermedios para llegar a esa situación: dejar la casa, dejar el dinero, dejar todo, simplemente para ir a comer el polvo de una ciudad budista. Algo totalmente desconocido y poco atractivo. Es un experimento. Estoy seguro de que nadie lo quiere hacer. Después van a querer todos.
Pero ahora no.
Si no quieren que sea Bodhgaya, elijan cualquier otra ciudad. Pero Bodhgaya es simbólicamente distinto.
Un poquito de VA. Punto. Ahora visualizamos: la ciudad más fea que se imaginen, ustedes como mendigos harapientos, con hambre, con sed, con polvo en la garganta. Y ahora hagamos el camino para atrás: dejan su casa, dejan su ropa, dejan a sus amistades para irse a mendigar al otro lado del mundo. Imagínense la reacción de su familia, de sus amigos. Imagínense llevando a cabo todo el plan y terminando como mendigos sedientos en una ciudad de la India. Volvemos al punto. Dejamos que se disuelva. Nos quedamos brevemente con la sensación. Y volvemos.
¿Cómo fue? ¿Lindo? No. ¿A alguien le resultó fácil?
—A mí me costó. Quería que vos lo sintieras real.
Esa disociación. Eso es lo importante. Nos cuesta más, vamos y volvemos, le encontramos
excusas. Esa película que armamos, donde yo en ningún momento dije “piensen en parar a mitad de camino, en ir y volver”. Dije: vamos y nos ponemos ahí. Todas esas deformaciones tienen que ver con que nuestra mente detesta —detesta— las cosas hacia las que tiene aversión.
En el budismo —y hablar de budismo desde los términos del budismo es muy raro, los términos son muy técnicos— todos tenemos deseo y aversión. Todos tenemos cosas que queremos y cosas que no queremos. El problema, dice el budismo, es la forma en que nos relacionamos con eso.
Fíjense en algo. Estamos en un espacio de meditación, en un taller de meditación, experimentando con la mente. Y, sin embargo, cuando les dije “denme toda la plata, vámonos a otro lado”, solo pensarlo nos costó. Tanto que tuvimos que ir y venir, disociar, construir historias para poder pensar siquiera la situación. O decir “no me voy a morir, voy de visita”. Nos cuesta hasta pensar aquello hacia lo que sentimos aversión.
Esto es clave. Nosotros tenemos esa fantasía neoliberal —¿la escucharon?— de que con el deseo de uno la mente puede todo. Vos definís tu universo. Vos manifestás lo tuyo. Si fuera así, todos definimos nuestro universo, díganme: ¿quién manifestó la situación económica de Argentina? Que se acerque y le pegamos.
Lo que construye nuestro mundo es el deseo. Y nos lo construye al punto que no sabemos que estamos eligiendo. La única elección que hacemos real es la que no sabemos que elegimos. Pensamos que elegimos la pasta dental. Pero a nadie le importa la pasta dental.
Nadie que yo conozca se muere por tener Colgate o lo que sea. Las elecciones se sienten como que no son elecciones, se sienten como cosas naturales. ¿Vieron cuando alguien dice “la escuché hablar y supe que era para mí”? Eso es una elección. Simplemente nuestra mente nos la oculta y nos la deforma para que no nos demos cuenta.
Por eso lo que les pasó en ese viaje horrible —la deformación, el disociar, el irse y volver— es el mecanismo de defensa de la mente que dice: yo no quiero esto, entonces ni siquiera lo voy a elegir. Y en eso perdemos libertad. Porque no podemos pensar una vida diferente. Y no es que la vida diferente sea impensable. ¿Es pensable que dejemos todo y nos vayamos a mendigar a una ciudad de la India? Sí, es pensable. Yo no lo quiero hacer.
Pero si no puedo siquiera imaginármelo, ya estoy condicionado.
Lo que quiero que se lleven
De los dos modos, VA y CA, la CA generalmente va a ser la más importante: porque va a ser la historia que constantemente creamos. Y va a condicionar la elección. Y va a condicionar la visión de la VA.
Por eso en la práctica budista se empieza haciendo foco en la VA. ¿Qué se va a hacer? Va a haber shamatha, por ejemplo. Va a ser mirar el espacio, mirar la respiración, sentir la respiración. Y van a ser aburridas. Porque el espacio, al ser tan neutral, es algo interesante: está siempre ahí. Que ustedes sepan que está siempre ahí tiene una gran ventaja: cuando sientan que el modo CA se les está comiendo la VA, recuerden que el espacio no cambió. Si se levantan en su cuarto angustiados, y al día siguiente contentos, y al tercero angustiados de nuevo, el cuarto no cambió. Lo que cambia es la historia.
Y las historias se pueden cambiar. Saber eso —saber que lo que nos pasa puede ser cambiado— no significa que ustedes lo puedan cambiar de inmediato. No estoy diciendo que con dos minutos de meditación se les arregla la vida. La terapia es importante.
Buscar ayuda es importante. Saber que la meditación lleva años y años de desarrollo es importante. Pero saber que lo que les pasa no es el mundo, eso ya abre cierto espacio para moverse.
Yo hago Jiu-Jitsu. Me encanta. Practico varios estilos. Me encanta ir a pelear, voy a pelear ahora al Panamericano cuando vuelva a Buenos Aires. El Jiu-Jitsu, en el suelo, es: viene un señor gordo como yo y viene otro señor todavía más gordo, te tiran al piso y se te tiran encima. ¿Saben qué hay que aprender ahí? Hacerse pequeños espacios para poder moverse. Si tenemos mucho espacio, ya está, zafamos. Pero mucho de la vida tiene que ver con esto: la vida se nos cae encima y buscamos rendijas para poder respirar. Lo que nos va a dar la meditación es eso: recordar que las rendijas existen. Que el espacio no cambia.
—Vos siempre vas a buscar un sentido.
Sí, esa es la función de la mente. Y, ojo: yo en ningún momento dije “morir”. Está grabado, está transcripto. Yo dije “para hacer este experimento, solamente para este experimento”. No dije “el sentido de la vida”; de hecho, al principio dije lo contrario: que la vida no tiene un sentido intrínseco. Esa búsqueda de sentido —“si me muero ahí, tengo una cuestión mejor”— es una historia que la mente construye para darle sentido a la situación. Eso es lo que tenemos que aprender a ver. La mente nunca va a dejar de construir. La mente nunca deja de pensar. La mente solo deja de pensar cuando alguien se muere.
Preguntas
—¿La función de algo, no es justamente lo que lo hace ser eso? El auto va a ser auto con o sin llave, mientras funcione como auto.
Correcto. La función. Pero la función es algo que va y viene: hoy es así, mañana no; yo hoy estoy y mi función le da sentido a mi presencia, pero yo no voy a estar. Estoy más o menos claro.
Buena pregunta, pero tiene un nudo. ¿Quién asigna la función de observar? Si decís “la gente tiene esa función”, no sé si la tiene. Lo que pasa, por lo menos como funciona en el budismo, es que uno recibe de los padres, de la sociedad, una serie de designaciones que no piensa críticamente. A mí me llamaban Federico, yo en algún momento me senté y dije “es mi nombre”; pero antes ya lo vivía como mío, lo había aceptado de forma no crítica.
Hay una escuela del budismo que dice que ser amable es innato, pero es minoritaria. La mayor parte del budismo va a decir que no hay nada innato —ni la amabilidad, ni la paciencia—, sino que son cuestiones construidas, recibidas. Esa cadena no funciona porque alguien asigne algo, sino por usos, costumbres y culturas en las que uno nace y que adopta. Uno dice “así son las cosas, yo tengo esta función”. El budismo te plantea: ¿por qué? ¿Por qué tu función al ver un carro es llamarlo carro? Y en ese poder pensar que esa asignación no es tuya, sino que está heredada, en eso —en poder decir “podría llamarlo de otra forma, podría no llamarlo”— se abre cierta libertad. Si fuese fija, nunca podría darse el cambio en ninguna cultura, en ninguna religión.
—Estaba pensando en la voluntad. Hasta dónde es cada uno con la voluntad. Eso de ser amable, de estar, ¿es una fuerza voluntaria? ¿O es innato?
No sé si uno siempre lo puede modificar con la voluntad. La voluntad, en sánscrito cetanā, no es lo más importante. Lo más importante es el deseo. El deseo es lo que estructura. La voluntad solamente elige entre las cosas que a uno le tocan.
Y muchas veces el problema está en lo que no vemos: que tenemos opción. La elección que creemos libre está totalmente condicionada. Para esto ayuda muchísimo la antropología, la sociología. La mayor parte de la gente que se enamora, se enamora dentro de la misma clase social. Uno diría: ¿por qué? Si la elección del amor es libre. Pero es muy poco común que una persona de clase alta salga con una persona que vive una vida muy distinta. Eso pasa en las novelas. Y funcionan como novelas porque es el deseo escapista de eso, justamente porque no pasa en la realidad. Y no pasa porque la elección, que uno asume libre, está súper condicionada por su realidad de clase. El hijo heredero del imperio financiero sabe intrínsecamente que no puede caer enamorado de alguien que vive en un barrio de emergencia: la familia lo deshereda. Ni siquiera es pensable. Y ese no ser pensable es lo mismo que les pasó a ustedes en la meditación. Ya estamos condicionados. La elección que asumimos como libre, en realidad, es súper condicionada.
Lo que el budismo dice no es “elegí otra cosa”. Lo que dice es: fijate. Sé consciente.
El mensaje de hoy
Y este es el mensaje de la charla de hoy que quiero que se lleven.
Esencialmente, para el budismo, estamos soñando todo el tiempo. Y el mecanismo del sueño —algo que el Buda dijo dos mil y pico de años antes que Freud— es el mismo mecanismo que tenemos cuando estamos despiertos. Ustedes piensan que están despiertos, pero en realidad están soñando. Por eso la raíz bud-, en Buda, significa el despertar. Buda es el que entiende esto.
Pero cuando uno se ilumina no significa que viaje a otro mundo o que deje de hablar. El Buda hacía chistes. Chistes horribles. Tenía un sentido del humor muy ácido. Se enojaba.
En uno de mis sutras preferidos, el Buda se cansa de los monjes y dice “no los banco más, ¿para qué me puse a enseñar?, me voy al bosque, adiós”, y desaparece tres años. Vuelve, ve a la comunidad y dice “no, ya está”, y se vuelve un año más. “No quiero ni volver”. Era el Buda.
Lo que quiero decir es que uno no desaparece ni se transforma en otra cosa. Lo que cambia es que uno se da cuenta de que es un sueño.
La capacidad del budismo —y la capacidad de ustedes— de ver la vaca es la capacidad de darse cuenta cuándo la CA está pegando demasiado en la VA, o cuándo la VA está incidiendo demasiado en la CA. Cuando se dan cuenta de que eso funciona todo el tiempo. Porque en ningún momento ustedes se van tanto como para perder absolutamente cualquier visión: pueden estar visualizando lo que quieran, pero si yo me pongo a bailar acá en el medio, me van a mirar. Hay una percepción mínima. Y en ningún momento van a estar tan mirando el punto como para que ningún pensamiento les surja. Por lo menos no sin mucha meditación.
Cuando empiecen a captar la sensación —porque es una sensación física, como andar en bicicleta, no es algo intelectual del que uno de repente se da cuenta— de cómo la atención varía entre los dos modos, empiecen a sentir el balance. En la bici uno no piensa “estoy a 35 grados, tengo que compensar”. Lo mueve con el cuerpo.
Cuando entiendan eso, la VA y la CA dejan de ser dos cosas separadas, y queda la vaca.
—¿Es muy parecido al judaísmo, a la Kabbalah? En la Kabbalah también se ve eso, que uno es el que puede elegir tanto para un lado como para otro.
Diría que, especialmente en la Kabbalah, es bastante lo opuesto. Porque hay un Ein Sof. Y el Ein Sof, de hecho, es justamente el criterio que más te ata a la idea de que hay una dirección, por así decirlo.
VA + CA: meditación, vacuidad y claridad — Puntos clave
En una sola frase: El budismo enseña que la naturaleza última de la mente tiene dos componentes —vacuidad (VA) y claridad (CA), juntas la “vaca”— y la práctica consiste en darse cuenta de cómo se cruzan, en lugar de confundir una con la otra y quedar atrapados en historias que tomamos por reales.
De qué se trata
Una charla introductoria al budismo dada en Esquel, dirigida a un público general no necesariamente practicante. Federico presenta los fundamentos —vacuidad, claridad, samsara, karma, deseo y aversión— en términos vivenciales y con seis breves ejercicios de visualización guiada que hacen accesible una distinción que de otro modo sonaría a metafísica abstracta.
Ideas clave
Vacuidad (śūnyatā) no es vacío. Quiere decir que las cosas no tienen una esencia fija e independiente: existen como procesos y como conjuntos de partes a los que asignamos un nombre y una función. La taza, el carro del Milindapañha, vos mismo: nada tiene un núcleo unívoco al que aferrarse.
Claridad es la historia que contamos. Lo que llamamos “experiencia” es siempre una narrativa que la mente construye sobre los fenómenos. La historia no es el problema; el problema es no darnos cuenta de que es una historia.
No somos VA ni CA: somos VACA. La iluminación no es habitar solo el espacio neutral ni perderse solo en la narrativa, sino notar el movimiento entre ambos modos en tiempo real, como quien anda en bicicleta sin calcular ángulos.
El samsara es un sueño compartido. Vivimos en la intersección de muchos sueños —propios y ajenos—, y eso es lo que el budismo llama karma: no un dios juez, sino el modo en que nuestras acciones e interpretaciones generan la siguiente situación.
La libertad empieza en lo que podemos pensar. Lo que más nos condiciona no es lo que elegimos mal, sino lo que ni siquiera podemos imaginar como opción. La aversión nos hace deformar incluso las situaciones hipotéticas, y eso reduce nuestra libertad real.
El espacio no cambia. Cuando la CA se vuelve abrumadora —angustia, ansiedad, certezas pesadas—, recordar que el espacio no se modificó, que la historia se está contando en nosotros, abre una rendija para movernos.
Citas memorables
“Nosotros no somos ni VA ni CA. Nosotros somos VACA.”
“La única elección que hacemos real es la elección que no sabemos que elegimos.”
“Si ustedes se levantan en su cuarto angustiados, y al día siguiente contentos, y al tercer día angustiados de vuelta, su cuarto no cambió.”
Qué hacer con esto
Practicar shamatha —empezar con el espacio neutral y la respiración— no para vaciar la mente, sino para reconocer la sensación física del movimiento entre VA y CA. Y, en la vida cotidiana, prestar atención a las situaciones que ni siquiera podemos imaginar: ahí está la frontera de nuestra libertad.


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